Un amplio pasillo
con puertas a los lados, dos de ellas a pocos metros de la mía. Parecía no
tener fin. Se veía el final gracias a grandes lámparas colocadas
estratégicamente para tener luz en too momento. Eran enormes y de cristal.
Nunca había visto nada parecido. Eso es lo que me encuentro cuando abro la
puerta después de que al Guardia se le quedase el cinturón atascado entre la puerta y la pared sin haberse dado
cuenta. Una gran ventaja para mí y un enorme problema para él. Cuando me
aseguré de que no había nadie fuera, cogí aire por la nariz y tuve el valor
suficiente para abrir la puerta. Era un pasillo con una amplia alfombra roja y
paredes blancas, haciendo un contraste igual que la nieve con sangre. En ese
momento una puerta se abre y veo la silueta de alguien fuerte y ancho salir de
la habitación más próxima a la mía. Cierro un poco mi puerta para evitar que me
vea y, de repente, se escucha un portazo fuerte. Decidí apartarme de la puerta
por si alguien me veía. Me fastidió no saber quien era y de dónde venía pero
apreciaba mi vida tanto como para intentar no meterme en problemas.
Me siento en la
silla y veo un vaso de agua lleno encima de la mesa. Le doy un trago largo y lo
dejo sobre el posavasos para no estropear la mesa. En mi distrito no
disponíamos de tantos artilugios para proteger nuestras cosas de cualquier
problema. En ese momento recuerdo el trapo que usábamos en la panadería
para no manchar la encimera. Era de
color blanco como las rosas blancas y se
limpiaba fácilmente con agua. Mi padre lo había conseguido después de una
apuesta con mi abuelo. Se había montado una vida bastante buena en un lugar
como la Veta.
Centrado en mis
pensamientos escucho unos pasos de mujer a lo largo del pasillo que se
aproximan poco a poco hasta llamar suavemente con los nudillos de los dedos en
mi puerta. Con miedo la abro despacio para ver lo que me espera detrás. En ese
momento veo una mancha de color rosa pastel con unos zapatos del mismo color.
Ya sabía de quién se trataba antes de mirarla a sus grandes ojos: Efiie
Trinket. La misma Effie que todos los años saca el nombre de los tributos que
representarán a mi Distrito en esa matanza que ellos llaman Los Juegos Del
Hambre. La misma Effie que este año sacó la papeleta que llevaba mi nombre
escrito.
-¡Qué bien que me
abras!
-¿Hola?
-Hola. Buenos y
preciosos días para algunos y horribles y dolorosos para otros.
-Cosas del
Capitolio.-susurro para mis adentros.
-¿Cómo?
-Nada. No decía
nada. -si decía algo en contra del Capitolio con una de sus ciudadanas delante,
podría verme metido en un buen lío. Y eso no era lo mejor en estos momentos.
-Venía a buscarte.
¿Dónde tienes tus cosas?- ¿qué cosas? No me dejaron traer nada hasta aquí. De
hecho, no había pisado mi casa desde que salí esta mañana bien temprano.
-No tengo nada.
-Pues mejor.
Adelante.
Ella me coge del
brazo y yo me siento extraño. ¿No es eso saltarse el protocolo? Pensaba que en
el Capitolio estaba mal visto tocar a cualquier tributo de un distrito que no
fueran el 4 o el 2. Y menos, todavía, cogerlo del brazo. Pero no me resistí.
Abrió la puerta y comenzó a andar. Yo me fijé en su caminar. Era muy del
capitolio. Sus piernas bien colocadas, cabeza erguida, espalda recta y con un
pie delante del otro. Nosotros no nos podíamos permitir andar asi tanto por el
terreno como por nuestro trabajo. Ni siquiera nos podíamos permitir andar con
la cabeza erguida. ¡Cuántas cosas teníamos diferentes al Capitolio! Realmente
ya lo sabía pero empezaba a darme cuenta.
Cuando llevamos
medio pasillo recorrido se para de golpe algo que hizo que me chocara con ella
ya que me fijaba mas en ella que hacia donde nos dirigíamos. Estábamos ante una
puerta igual que la mía. Creo que ya sé de quien es. Ya sabía a quién escondía dentro.
Tranquila, como había hecho conmigo, llamó a esa puerta. No le abrió nadie. Con
educación volvió a llamar. Nadie contestó. Todavía con educación pero con
cierto nerviosismo y enfado, debido a la falta de modales, volvió a llamar. Se
escucharon pasos. La puerta se abrió de golpe. Ella entró y a mí me dejó fuera.
Tardaron pocos minutos hasta que salieron. Katniss Everdeen y Effie Trinket.
Una cazadora furtiva que no soportaba las leyes y una ciudadana del Capitolio
que no podría vivir sin ellas. Una habitante del Distrito 12 y una del
Capitolio. Polos opuestos. Como el blanco y el negro. Como el sol y la luna.
Diferentes.
Katniss Everdeen
sería del Distrito 12 pero era mas guapa y atractiva que cualquier ciudadana
del Capitolio. No me podía creer lo que iba a suceder dentro de unos días. ¡Iba
a tener que matarla! No podía hacer eso. Y, lo peor, es que yo lo sabía.
Llegado el momento, no podría enfrentarme a él. Además, ella tenía cosas que
podría perder si no vuelve a casa. Yo no. En ese momento, recordé a Gale
Hawthorne. Él sufriría si la ve morir. Yo sufriría si la veo morir. Nadie
sufriría si yo me muero. Tenía que solucionar eso y sabía cómo. Era sencillo:
moriré yo primero.