viernes, 29 de junio de 2012

Capítulo 6.


Un amplio pasillo con puertas a los lados, dos de ellas a pocos metros de la mía. Parecía no tener fin. Se veía el final gracias a grandes lámparas colocadas estratégicamente para tener luz en too momento. Eran enormes y de cristal. Nunca había visto nada parecido. Eso es lo que me encuentro cuando abro la puerta después de que al Guardia se le quedase el cinturón atascado  entre la puerta y la pared sin haberse dado cuenta. Una gran ventaja para mí y un enorme problema para él. Cuando me aseguré de que no había nadie fuera, cogí aire por la nariz y tuve el valor suficiente para abrir la puerta. Era un pasillo con una amplia alfombra roja y paredes blancas, haciendo un contraste igual que la nieve con sangre. En ese momento una puerta se abre y veo la silueta de alguien fuerte y ancho salir de la habitación más próxima a la mía. Cierro un poco mi puerta para evitar que me vea y, de repente, se escucha un portazo fuerte. Decidí apartarme de la puerta por si alguien me veía. Me fastidió no saber quien era y de dónde venía pero apreciaba mi vida tanto como para intentar no meterme en problemas.

Me siento en la silla y veo un vaso de agua lleno encima de la mesa. Le doy un trago largo y lo dejo sobre el posavasos para no estropear la mesa. En mi distrito no disponíamos de tantos artilugios para proteger nuestras cosas de cualquier problema. En ese momento recuerdo el trapo que usábamos en la panadería para  no manchar la encimera. Era de color blanco como las rosas blancas  y se limpiaba fácilmente con agua. Mi padre lo había conseguido después de una apuesta con mi abuelo. Se había montado una vida bastante buena en un lugar como la Veta.

Centrado en mis pensamientos escucho unos pasos de mujer a lo largo del pasillo que se aproximan poco a poco hasta llamar suavemente con los nudillos de los dedos en mi puerta. Con miedo la abro despacio para ver lo que me espera detrás. En ese momento veo una mancha de color rosa pastel con unos zapatos del mismo color. Ya sabía de quién se trataba antes de mirarla a sus grandes ojos: Efiie Trinket. La misma Effie que todos los años saca el nombre de los tributos que representarán a mi Distrito en esa matanza que ellos llaman Los Juegos Del Hambre. La misma Effie que este año sacó la papeleta que llevaba mi nombre escrito.

-¡Qué bien que me abras!
-¿Hola?
-Hola. Buenos y preciosos días para algunos y horribles y dolorosos para otros.
-Cosas del Capitolio.-susurro para mis adentros.
-¿Cómo?
-Nada. No decía nada. -si decía algo en contra del Capitolio con una de sus ciudadanas delante, podría verme metido en un buen lío. Y eso no era lo mejor en estos momentos.
-Venía a buscarte. ¿Dónde tienes tus cosas?- ¿qué cosas? No me dejaron traer nada hasta aquí. De hecho, no había pisado mi casa desde que salí esta mañana bien temprano.
-No tengo nada.
-Pues mejor. Adelante.

Ella me coge del brazo y yo me siento extraño. ¿No es eso saltarse el protocolo? Pensaba que en el Capitolio estaba mal visto tocar a cualquier tributo de un distrito que no fueran el 4 o el 2. Y menos, todavía, cogerlo del brazo. Pero no me resistí. Abrió la puerta y comenzó a andar. Yo me fijé en su caminar. Era muy del capitolio. Sus piernas bien colocadas, cabeza erguida, espalda recta y con un pie delante del otro. Nosotros no nos podíamos permitir andar asi tanto por el terreno como por nuestro trabajo. Ni siquiera nos podíamos permitir andar con la cabeza erguida. ¡Cuántas cosas teníamos diferentes al Capitolio! Realmente ya lo sabía pero empezaba a darme cuenta.

Cuando llevamos medio pasillo recorrido se para de golpe algo que hizo que me chocara con ella ya que me fijaba mas en ella que hacia donde nos dirigíamos. Estábamos ante una puerta igual que la mía. Creo que ya sé de quien es. Ya sabía a quién escondía dentro. Tranquila, como había hecho conmigo, llamó a esa puerta. No le abrió nadie. Con educación volvió a llamar. Nadie contestó. Todavía con educación pero con cierto nerviosismo y enfado, debido a la falta de modales, volvió a llamar. Se escucharon pasos. La puerta se abrió de golpe. Ella entró y a mí me dejó fuera. Tardaron pocos minutos hasta que salieron. Katniss Everdeen y Effie Trinket. Una cazadora furtiva que no soportaba las leyes y una ciudadana del Capitolio que no podría vivir sin ellas. Una habitante del Distrito 12 y una del Capitolio. Polos opuestos. Como el blanco y el negro. Como el sol y la luna. Diferentes.

Katniss Everdeen sería del Distrito 12 pero era mas guapa y atractiva que cualquier ciudadana del Capitolio. No me podía creer lo que iba a suceder dentro de unos días. ¡Iba a tener que matarla! No podía hacer eso. Y, lo peor, es que yo lo sabía. Llegado el momento, no podría enfrentarme a él. Además, ella tenía cosas que podría perder si no vuelve a casa. Yo no. En ese momento, recordé a Gale Hawthorne. Él sufriría si la ve morir. Yo sufriría si la veo morir. Nadie sufriría si yo me muero. Tenía que solucionar eso y sabía cómo. Era sencillo: moriré yo primero.

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