domingo, 8 de julio de 2012

Capítuo 9.


La cena sucedió rápido y en tiempo record. Tan solo nos dedicamos a comer y a degustar cada una de las comidas que nos iban depositando delante de nuestra persona, sobre un mantel de color crema y con tres platos situados uno encima del otro, cinco cubiertos a cada lado de los platos y una copa con un líquido de color morado-granate que nos sirvieran antes de poder sentarnos. No sabía exactamente lo que era pero después de tomar el primer sorbo, el mundo med io vueltas, así que lo dejé. El primer plato consistía en un trozo de carne con una masa del color de la patata con una salsa de color marrón. El segundo era mas ligero para nosotros: una ensalada perfectamente aliñada a la que no le faltaba de nada. Y, el tercero era el postre, este si lo controlaba: cuadrado de crema relleno de dos tipos de chocolate (blanco y negro) y recubierta muy bien con azúcar grueso que le daba ese toque dulzón. Y, además, estaba decorado con dos cerezas a los lados. Personalmete, le habría puesto un poco  de caramelo en vez de la gran cantidad de azúcar que llevaba. Pero, al fin y al cabo, no estaba en una postura muy fácil para criticar la comida del Capitolio. ¡Cómo un ciudadano del 12 puede criticar nuestra comida! Después de una hora, nos levantamos de la gran mesa cuadrada y Effie nos comunicó que sería mejor descansar porque dentro de cuatro horas llegaríamos al Capitolio y sería un día bastante agotador.

<<Por lo menos para mí, o eso creo>>, pensé para mis adentros.

Me fui a mi habitación y me acosté en la cama e intenté dormir pero tenía los ojos abiertos como platos. Eso no era bueno. Volví a pensar de nuevo en mis nulas posibilidades para volver a casa sano, a salvo y con ayuda para mi distrito  y me asusté. Esos pensamientos no ayudaban a conciliar el sueño, la verdad. Me senté y medité sobre lo único que me hacía feliz en el mundo: cocinar. Elaboré mentalmente un brownie, pastel que se vendía mucho en la panadería y que tenía mucho éxito. Colocamos los ingredientes, los ponemos en distintos recipientes, y preparamos toda la cocina. Pasamos un paño por la cocina y por el lugar en el que vamos a trabajar. Mezclamos los ingredientes poco a poco, le adherimos el chocolate, y nos podemos permitir saborear un poco en nuestro paladar, y revolvemos con cuidado. Cuando ya sea una masa, lo ponemos en un recipiente cuadrado cuidadosamente y lo metemos en el horno. Esperamos a que espese y lo sacamos. Mmmmm qué bien huele! Era como si pudiese estar oliéndolo en ese preciso instante. Como era incapaz de conciliar el sueño, me levanté y me dí una ducho bastante larga para pasar el tiempo. Sin embargo, a pesar de lavarme a conciencia, el tiempo pasaba lento, segundo a segundo, minuto a minuto, hora a hora…. Tic Toc . Parecía como si el tiempo no quisiera avanzar para dejarme solo en esa habitación y que experimentase todos los momentos dolorosos que sucederían a partir de ahora muy detenidamente.

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Allí estaba. El Capitolio. Grande. Luminoso. Colorido. Alegre…. En el vagón estábamos Haymtich, Katniss y yo hablando sobre nuestras posibilidades y sobre como aumentarlas.

-Chicos, no hay muchas posibilidades para un distrito como el nuestro. Solamente podéis ser amables y caerles bien. No podéis hacer otra cosa.
-Pero yo no le caigo bien a nadie. -protestó Haymitch.

Estábamos desayunando y Haymitch iba a coger más alcohol hasta que Katniss cogió un cuchillo y se lo puso justo entre los dedos. Un centímetro más y le perforaba el hueso de la mano.

-Muy bien-aplaudió Haymitch- Yo de ti guardaba esa serie de movimientos para después.
-Vale, pero sigo sin caerle bien a la gente. No quiero caerles bien.-seguía reprochando Katniss.
-Aprende de él. Creo que ya lo entiende sin ningún tipo de problemas.

De repente, me señala y los dos miran para mí. Realmente yo estaba de espaldas mirando por a ventana como llegábamos a la estación y como muchos periodistas nos estaban esperando y sacando fotos mientras yo los saludaba. Estaba a gusto en ese preciso momento. Estaba como en casa. Como era yo o como solía ser. No me resultaba difícil ser amable con la gente ya que en la panadería había gente de todo tipo y de todos los comportamientos: desde gente humilde que te trataba con respeto hasta gente de la clase alta que te trataba con despecho, pasando por niños insolentes que se creían superiores por tener una pelota con la que jugar. Lo que no sabían era que tendrían que pasar por lo que el pasé el día de la cosecha y, tal vez, solo tal vez, lo que estaba pasando en ese momento.

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