La cena sucedió
rápido y en tiempo record. Tan solo nos dedicamos a comer y a degustar cada una
de las comidas que nos iban depositando delante de nuestra persona, sobre un
mantel de color crema y con tres platos situados uno encima del otro, cinco
cubiertos a cada lado de los platos y una copa con un líquido de color
morado-granate que nos sirvieran antes de poder sentarnos. No sabía exactamente
lo que era pero después de tomar el primer sorbo, el mundo med io vueltas, así
que lo dejé. El primer plato consistía en un trozo de carne con una masa del
color de la patata con una salsa de color marrón. El segundo era mas ligero
para nosotros: una ensalada perfectamente aliñada a la que no le faltaba de
nada. Y, el tercero era el postre, este si lo controlaba: cuadrado de crema
relleno de dos tipos de chocolate (blanco y negro) y recubierta muy bien con
azúcar grueso que le daba ese toque dulzón. Y, además, estaba decorado con dos
cerezas a los lados. Personalmete, le habría puesto un poco de caramelo en vez de la gran cantidad de
azúcar que llevaba. Pero, al fin y al cabo, no estaba en una postura muy fácil
para criticar la comida del Capitolio. ¡Cómo un ciudadano del 12 puede criticar
nuestra comida! Después de una hora, nos levantamos de la gran mesa cuadrada y
Effie nos comunicó que sería mejor descansar porque dentro de cuatro horas
llegaríamos al Capitolio y sería un día bastante agotador.
<<Por lo menos
para mí, o eso creo>>, pensé para mis adentros.
Me fui a mi
habitación y me acosté en la cama e intenté dormir pero tenía los ojos abiertos
como platos. Eso no era bueno. Volví a pensar de nuevo en mis nulas
posibilidades para volver a casa sano, a salvo y con ayuda para mi distrito y me asusté. Esos pensamientos no ayudaban a
conciliar el sueño, la verdad. Me senté y medité sobre lo único que me hacía
feliz en el mundo: cocinar. Elaboré mentalmente un brownie, pastel que se
vendía mucho en la panadería y que tenía mucho éxito. Colocamos los
ingredientes, los ponemos en distintos recipientes, y preparamos toda la
cocina. Pasamos un paño por la cocina y por el lugar en el que vamos a
trabajar. Mezclamos los ingredientes poco a poco, le adherimos el chocolate, y
nos podemos permitir saborear un poco en nuestro paladar, y revolvemos con
cuidado. Cuando ya sea una masa, lo ponemos en un recipiente cuadrado
cuidadosamente y lo metemos en el horno. Esperamos a que espese y lo sacamos.
Mmmmm qué bien huele! Era como si pudiese estar oliéndolo en ese preciso
instante. Como era incapaz de conciliar el sueño, me levanté y me dí una ducho
bastante larga para pasar el tiempo. Sin embargo, a pesar de lavarme a
conciencia, el tiempo pasaba lento, segundo a segundo, minuto a minuto, hora a
hora…. Tic Toc . Parecía como si el tiempo no quisiera avanzar para dejarme
solo en esa habitación y que experimentase todos los momentos dolorosos que
sucederían a partir de ahora muy detenidamente.
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Allí estaba. El
Capitolio. Grande. Luminoso. Colorido. Alegre…. En el vagón estábamos Haymtich,
Katniss y yo hablando sobre nuestras posibilidades y sobre como aumentarlas.
-Chicos, no hay
muchas posibilidades para un distrito como el nuestro. Solamente podéis ser
amables y caerles bien. No podéis hacer otra cosa.
-Pero yo no le caigo
bien a nadie. -protestó Haymitch.
Estábamos
desayunando y Haymitch iba a coger más alcohol hasta que Katniss cogió un
cuchillo y se lo puso justo entre los dedos. Un centímetro más y le perforaba
el hueso de la mano.
-Muy bien-aplaudió
Haymitch- Yo de ti guardaba esa serie de movimientos para después.
-Vale, pero sigo sin
caerle bien a la gente. No quiero caerles bien.-seguía reprochando Katniss.
-Aprende de él. Creo
que ya lo entiende sin ningún tipo de problemas.
De repente, me
señala y los dos miran para mí. Realmente yo estaba de espaldas mirando por a
ventana como llegábamos a la estación y como muchos periodistas nos estaban
esperando y sacando fotos mientras yo los saludaba. Estaba a gusto en ese
preciso momento. Estaba como en casa. Como era yo o como solía ser. No me
resultaba difícil ser amable con la gente ya que en la panadería había gente de
todo tipo y de todos los comportamientos: desde gente humilde que te trataba
con respeto hasta gente de la clase alta que te trataba con despecho, pasando
por niños insolentes que se creían superiores por tener una pelota con la que
jugar. Lo que no sabían era que tendrían que pasar por lo que el pasé el día de
la cosecha y, tal vez, solo tal vez, lo que estaba pasando en ese momento.
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