viernes, 1 de marzo de 2013

Capítulo 12.


Una sensación extraña es la que tuve cuando me desperté esa mañana. Una sensación que desearía no haber experimentado porque eso signficaría que hoy no tendría que ir a las pruebas que los Vigilantes hacen a todos los tributos para evaluarlos. Por lo cual, no estaría en los Juegos del Hambre. Pero no era así. No os recomiendo empezar el día pensando en las pruebas, en lo que pasará y lo que pensaran ahí dentro cada uno de los ojos que me estarán mirando fijamente en cada uno de mis ejercicios. Ese día en el desayuno Hyamitch me dió un consejo muy valioso, al igual que a Katniss: "Id a la actividad donde os encontreis más cómodos y sorprended ahí dentro. Katniss seguro que hay un arco para ti. Asegúrate de cogerlo y usarlo como sólo tú sabes. Peeta, habrá algo de peso que podrás lanzar y pinturas para exhibir lo bien que puedes camuflarte. Este es el momento más importante de los Juegos ya que, dependiendo de la nota que saqueis, los patrocinadores os desearán y os ayudarán en todo lo que necesiteis o, simplemente, se olvidarán de vosotros y no arriesgarán nada.Suerte."
Estábamos todos los tributos en fila por orden de Distrito e iban primero las chicas y después los chicos. A medida que entraban, no volvían a salir. No nos veíamos las caras después de hacer las pruebas, aglo que se agradecía en el caso de hacerlo torpemente. Todo esto significaaba que yo mismo sería el último que se exhibiría en esa sala y que ya habrían visto suficiente como para fijarse en mí. Ya estarían cansados y fascinados por cualquiera de los otros tributos. Cuando entró el joven grande y de color del Distrito 11, nos quedamos Katniss y yo sentados en el bancodonde debías esperar. Intercambiamos miradas donde se podía leer el miedo de nosotros dos, dos chicos del mismo distrito que, en un momento determinado, deberíamos matarnos y la suerte que nos deseabamos a través de esos ojos grises y esos ojos azules. Era lo único que podíamos hacer en esa situación. 
Cuando pensaba que faltaba poco, abrieron la puerta y un joven bajito y calvo gritó el nombre que siempre me había encantado y que podría pronunciar en cualquier momento, en cualquier lugar y en cualquier circunstancia: Katniss Everdeen. Se levantó con miedo, se dirigió a la puerta y, antes de entrar, giró su cabeza hacia mi posición y me echó una de esas miradas que nunca olvidaría: "suerte". Era lo mejor que podría haber hecho, así que yo le respondí con otra mirada de gracias. Después, desapareció tra esa puerta donde se vislumbraba una luz sintética.
Pasarían unos treinte minutos aproximadamente, o eso me parecía a mí, hasta que el mismo hombre que había llamado a todos los demás tributos dijo mi nombre. Peeta Mellark, algo que se podría haber ahorrado ya que era el único que permanecía en aquella sala. Cuando entré el hombre siguió mis pasos muy dde cerca. Cuando estuve dentro del todo, divisé a los Vigilantes en lo alto de la habitación degustando un buen cerdo y con cara de asustados y miedoso. ¿Qué habría hecho Katniss para que estuviesen asó?¿Y si era una de sus artimañas para que consiguiera menos puntuación y, por lo tanto, menos patrocinadores? Retiré la idea en el mismo momento en el que la pensé. No me podía creer lo que acababa de pensar. Cogí una bola pesada y la lancé no muy lejos de mi posición. La segunda se deslizó a unos veinte metros. Supuse que estaba bien y me sirigía hacia la pintura. Después de pensar que podría hacer para sorprenderlos, me pinté la pierna como si fuera piedra seca y fracturada. Cuando ya lo hice, me mandaron salir de esa habitación. Ahora solo quedaba esperar,...


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