Una sensación
extraña es la que tuve cuando me desperté esa mañana. Una sensación que
desearía no haber experimentado porque eso signficaría que hoy no tendría que
ir a las pruebas que los Vigilantes hacen a todos los tributos para evaluarlos.
Por lo cual, no estaría en los Juegos del Hambre. Pero no era así. No os
recomiendo empezar el día pensando en las pruebas, en lo que pasará y lo que
pensaran ahí dentro cada uno de los ojos que me estarán mirando fijamente en
cada uno de mis ejercicios. Ese día en el desayuno Hyamitch me dió un consejo
muy valioso, al igual que a Katniss: "Id a la actividad donde os
encontreis más cómodos y sorprended ahí dentro. Katniss seguro que hay un arco
para ti. Asegúrate de cogerlo y usarlo como sólo tú sabes. Peeta, habrá algo de
peso que podrás lanzar y pinturas para exhibir lo bien que puedes camuflarte.
Este es el momento más importante de los Juegos ya que, dependiendo de la nota
que saqueis, los patrocinadores os desearán y os ayudarán en todo lo que
necesiteis o, simplemente, se olvidarán de vosotros y no arriesgarán
nada.Suerte."
Estábamos
todos los tributos en fila por orden de Distrito e iban primero las chicas y
después los chicos. A medida que entraban, no volvían a salir. No nos veíamos
las caras después de hacer las pruebas, aglo que se agradecía en el caso de
hacerlo torpemente. Todo esto significaaba que yo mismo sería el último que se
exhibiría en esa sala y que ya habrían visto suficiente como para fijarse en
mí. Ya estarían cansados y fascinados por cualquiera de los otros tributos.
Cuando entró el joven grande y de color del Distrito 11, nos quedamos Katniss y
yo sentados en el bancodonde debías esperar. Intercambiamos miradas donde se
podía leer el miedo de nosotros dos, dos chicos del mismo distrito que, en un
momento determinado, deberíamos matarnos y la suerte que nos deseabamos a
través de esos ojos grises y esos ojos azules. Era lo único que podíamos hacer
en esa situación.
Cuando
pensaba que faltaba poco, abrieron la puerta y un joven bajito y calvo gritó el
nombre que siempre me había encantado y que podría pronunciar en cualquier
momento, en cualquier lugar y en cualquier circunstancia: Katniss Everdeen. Se
levantó con miedo, se dirigió a la puerta y, antes de entrar, giró su cabeza
hacia mi posición y me echó una de esas miradas que nunca olvidaría:
"suerte". Era lo mejor que podría haber hecho, así que yo le respondí
con otra mirada de gracias. Después, desapareció tra esa puerta donde se
vislumbraba una luz sintética.
Pasarían
unos treinte minutos aproximadamente, o eso me parecía a mí, hasta que el mismo
hombre que había llamado a todos los demás tributos dijo mi nombre. Peeta
Mellark, algo que se podría haber ahorrado ya que era el único que permanecía
en aquella sala. Cuando entré el hombre siguió mis pasos muy dde cerca. Cuando
estuve dentro del todo, divisé a los Vigilantes en lo alto de la habitación
degustando un buen cerdo y con cara de asustados y miedoso. ¿Qué habría hecho
Katniss para que estuviesen asó?¿Y si era una de sus artimañas para que
consiguiera menos puntuación y, por lo tanto, menos patrocinadores? Retiré la
idea en el mismo momento en el que la pensé. No me podía creer lo que acababa
de pensar. Cogí una bola pesada y la lancé no muy lejos de mi posición. La
segunda se deslizó a unos veinte metros. Supuse que estaba bien y me sirigía
hacia la pintura. Después de pensar que podría hacer para sorprenderlos, me
pinté la pierna como si fuera piedra seca y fracturada. Cuando ya lo hice, me
mandaron salir de esa habitación. Ahora solo quedaba esperar,...
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